La decisión de Alemania de abandonar gradualmente su sector de energía nuclear ha sido objeto de un intenso escrutinio a medida que se aclaran sus consecuencias económicas a largo plazo. Iniciada bajo el mandato de la excanciller Angela Merkel, la política supuso el cierre de 17 reactores que anteriormente suministraban un tercio de la electricidad del país. La medida fue, en gran parte, una respuesta política al desastre de Fukushima en 2011 y a la presión del partido Los Verdes. Este giro estratégico aumentó significativamente la dependencia de Alemania del gas natural ruso, creando una vulnerabilidad crítica que quedó de manifiesto con la crisis energética de 2022. El consiguiente repunte de los precios de la energía ha presionado al índice DAX y ha debilitado la competitividad global del sector manufacturero. Los analistas sugieren que este fracaso de la política energética sigue lastrando al euro (EUR/USD) y a las perspectivas económicas generales de Alemania.
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