Los precios del oro experimentaron una caída significativa, con un descenso general del 3%, mientras que los precios al contado cayeron hasta un 4% situándose en los 4.880 dólares por onza. Este brusco descenso se atribuye principalmente a unos datos de empleo en EE. UU. más sólidos de lo previsto. Las robustas cifras de contratación han reforzado las expectativas de una economía estadounidense resiliente. Tal fortaleza económica suele derivar en un fortalecimiento del dólar. Un dólar más fuerte, a su vez, reduce el atractivo del oro como activo refugio para los inversores internacionales. Este alejamiento de los activos de refugio también sugiere posibles implicaciones para las expectativas sobre los tipos de interés futuros, lo que hace que el oro, que no devenga intereses, sea menos atractivo.
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